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UNA NOCHE MINÚSCULA

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  En un pequeño retazo de una noche puede pasar de todo o puede no pasar nada. A veces un minuto se convierte en un siglo o se encoge para ser un segundo. Pero mucho depende de quienes lo valoran y hay que prepararse para cuando nos llegue. Yo tengo mis recursos para noches minúsculas que me libran del frío, de pasillos estrechos, de heridas que se abren, del dolor, del humo de ese fuego que encendió la nostalgia, cuando llega con saña a retorcer el alma. Cierro la puerta a todo, y en la ventana sueño, en tibias primaveras de floridos almendros, que piden a sus ramas que toquen los cristales para que sea cumplida la promesa de abundante   cosecha cuando llegue el verano.       CONCHA BELMONTE        agosto de 2.023  

PARAR RELOJES

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  Voy parando uno a uno los relojes de   mi casa, en el deseo inoportuno de detener ese tiempo que pasa, paren o no se paren los relojes. En el paso del tiempo los relojes no mandan como mucho, lo miden y a veces ni eso. Yo me miro hacia dentro y no sé lo que veo, no sé qué es lo que quiero, si ser yo quien se pare, o que se pare el tiempo, y pueda hacer aquello que me hace falta a mí o que le falta al mundo. Y por el bien del mundo, quisiera dejar hecho antes que   me haya ido, con la conciencia limpia, y la satisfacción de mi deber cumplido. Ni pensar quiero que mi deber consista en matar a Cupido.     CONCHA BELMONTE     junio de 2.023    

MI ALMA Y YO

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  Hablamos mi alma y yo calladamente, en silencio que nadie se entremeta en la conversación que es nuestra meta, para decirnos cosas muy sutilmente.   Hablamos mi alma y yo calladamente, cosas del corazón nuestras, secretas, que no aireamos, que es una papeleta pedir callar en forma airadamente.   Hablamos mi alma y yo calladamente, sin gestos altaneros ni sublimes, de ella para mí, yo para ella tal dos.   Hablamos mi alma y yo calladamente, En forma muy sincera sin mohines, en nuestra relación somos una no dos.     CONCHA BELMONTE       Julio de 2.024  

LOS IMPRESCINDIBLES

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  A sostener mi vida hay pocas cosas que sean imprescindibles: el aire, el sol, el alimento, el calor de alguna mano amiga, o tal vez el sonido de una música Suave, casi inaudible. Y con esto cubierto, tu sonrisa y el brillo de tus ojos Para seguir viviendo.         CONCHA BELMONTE        marzo de 2.015

MÚSICA DEL VALLE

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  El valle allá abajo, ya casi en la sombra, hace más brillante la luz de la tarde sobre la colina al atardecer, y llegan suaves hasta los humanos que quieren oírlas las notas de ese pentagrama callado que tienen los árboles para hacer su música y ofrecer con ella su alma vegetal. Sentada a tu lado en la roca que escucha tus penas y me has confiado, un leve suspiro, si acaso una lágrima, y me dejo llevar de esta dulce calma que invade una hora de paz y nostalgia dándote las gracias sin mediar palabra por dejarme estar a tu lado en tu sitio secreto que nadie comparte contigo. Voy a recordar hasta que me muera tu gesto de amigo. Y oculto en mi pecho, igual que se esconde el mejor tesoro, lo recordaré cuando estemos lejos.   CONCHA BELMONTE     marzo de 2.019

UNA TARDE CON MI HIJA

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  Hemos vivido juntas esta tarde y ya se ha ido para siempre. Y sin embargo, este espacio de tiempo exactamente igual a otros momentos que habíamos compartido, se me antoja distinto.   Mientras tú dormitabas tumbada en el sofá me ha inundado la dicha de tenerte conmigo, y aspirando la brisa que entra por la ventana que a las dos por igual nos acaricia me he dejado mecer en la dulzura de estos instantes que me colman de dicha.   Y aunque sé que para ti esta tarde se te irá por los caminos del olvido la recojo con cuidado, la atesoro, la mimo, y quién sabe, es posible que también para ti, pasado el tiempo, forme parte del fondo de recuerdos amables, que enriquezcan tu vida cuando yo me haya ido.         CONCHA BELMONTE          julio de 2.005

LOS PLIEGUES DEL ALMA

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  Mi alma se pliega y se hace pequeña y mi torpe cuerpo, no la reconoce, pero allá en el fondo siente su dolor. Un dolor antiguo, roto y recompuesto con muchos dolores distintos que se van uniendo hasta que se forma esa procesión de fantasmas de todos los muertos que se han ido yendo y dejan mi alma plegada y pequeña, en el abandono de toda ilusión, mirando hacia atrás llena de nostalgia, falta de esperanza, rota de dolor.   Pero el alma, que se sabe eterna entiende que debe mirar hacia fuera, que su renacer depende de ella y envalentonada se estira y exige al caparazón de mi cuerpo que le dé su aliento. Y mi sangre galopa en mis venas dispuesta a atender eso que mi alma le pide, que no es más que amor.       CONCHA BELMONTE           enero de 2.019