PLAZA DE SAN FRANCISCO

 







La Málaga milenaria que sólo duerme a ratos

lleva a sus paseantes del mar a tierra adentro,

como en un ritual o Vía Crucis pagano.

Y para conocerla hay que vivir su noche,

hay que reconocer su multitud de aromas,

desde el olor a brea, hasta el del azahar

y los jazmines, en una borrachera de perfumes

con los que embriaga a quien la vive.

             

Todavía parece que se sigue sintiendo el paso leve

de los que aquí estuvieron y dejaron su huella,

notándose invadir por su presencia, que gravita

en el aire, y nos va poseyendo aun en contra

de nuestra voluntad, al igual que te atrapa

el dulce envenenado aroma de la adelfa.

 

 

El alba nos sorprende rondando las esquinas

de las viejas callejas, y Málaga se expande

mojada por las gotas de lluvia,

que como lagrimones de un ojo de gigante,

se  escurren tibiamente por la cal de las casas.

Y allá en la oscuridad de la plazuela,

melancólico suena, con chirrido de herrumbre,

el cierre del portón del antiguo convento

y el silencio de nuevo, nos acoge en su seno.

 

 

  CONCHA BELMONTE

           junio 2007

 

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